España vive un momento clave en el sector de las ciencias de la vida, con una posición cada vez más relevante en Europa y la ambición de situarse entre los cinco principales mercados. Este avance requiere adaptar el mercado inmobiliario al ritmo que marca el crecimiento del sector.
En los últimos años, el sector de las ciencias de la vida (Life Sciences) ha evolucionado hasta convertirse en un pilar estratégico para el desarrollo económico y social. España ocupa ya la quinta posición europea en número de empresas del sector, la séptima en captación de capital riesgo, con más de 1.300 millones de euros recaudados, y se consolida como un entorno fértil para la biotecnología, la farmacéutica y las tecnologías médicas.
Este avance se apoya en un ecosistema académico robusto, una red de hubs de innovación y una creciente colaboración público-privada que está redefiniendo las bases del progreso científico.
Madrid y Barcelona son, hoy por hoy, los epicentros de esta transformación. Entre ambas ciudades concentran más de 1.700 empresas, casi 73.000 profesionales y una facturación que supera los 26.000 millones de euros. A su alrededor emergen nuevos polos de innovación en Málaga, Valencia, el País Vasco o Sevilla, donde la combinación de talento, digitalización e inversión está dando lugar a un tejido científico cada vez más competitivo.
No obstante, esta expansión demanda de infraestructuras adecuadas. Laboratorios, espacios técnicos y edificios híbridos capaces de acoger actividad científica y empresarial son la base sobre la que se construye un ecosistema competitivo. Y en ese punto, España aún está por detrás de mercados más maduros a nivel europeo como Reino Unido (principal referente), Francia, Alemania o Suiza, por ejemplo.
Lejos de ser una debilidad, esta situación supone una oportunidad para inversores y promotores. Estamos en una fase inicial de desarrollo de activos inmobiliarios Life Sciences privados, que responden a una demanda especializada tras la consolidación de parques científicos y espacios públicos. Además, al igual que en el sector oficinas, las rentas de los laboratorios en España son inferiores a las de otros mercados internacionales, lo que facilita atraer proyectos globales y fomentar nuevos desarrollos alineados con las necesidades actuales del sector.
Por los motivos expuestos anteriormente, la transformación de edificios industriales y de oficinas en desuso en espacios adecuados para albergar actividades científicas y de I+D — como laboratorios, usos con componente productivo o iniciativas de base tecnológica — se ha consolidado como una tendencia al alza. A su vez, el desarrollo de parques científicos y campus integrados está configurando un nuevo modelo urbano donde la investigación, la empresa y la universidad conviven en un mismo espacio. Este tipo de proyectos refuerzan el vínculo entre innovación y territorio, y representan una nueva forma de entender el desarrollo inmobiliario de manera más colaborativa, sostenible y orientada al conocimiento.
En este sentido, el sector inmobiliario tiene un papel decisivo en el futuro del Life Sciences español. La colaboración entre inversores, promotores, administraciones y agentes del sector será clave para acelerar esta adaptación. Hablamos de un esfuerzo colectivo que debe integrar planificación urbana, incentivos fiscales, simplificación administrativa y apoyo institucional a la innovación.
Sin duda, la apuesta por la salud digital y el impulso de políticas que fomentan la innovación y la transferencia de conocimiento convierten a España en un entorno idóneo para atraer talento y capital en el sector. La implicación en proyectos europeos y la capacidad de responder a desafíos globales, como el envejecimiento o la prevención de pandemias, consolidan el papel estratégico del Life Sciences en España y Europa. Además, la inteligencia artificial está transformando el sector al acelerar descubrimientos y mejorar la eficiencia en I+D, impulsando la competitividad y la colaboración científica internacional.
España cuenta con todos los ingredientes para liderar este proceso. El reto está en seguir construyendo, de forma coordinada, un ecosistema capaz de competir globalmente. La oportunidad es única, y su aprovechamiento definirá en gran medida la posición de nuestro país en la economía del conocimiento del siglo XXI.