living

Qué busca hoy el inversor internacional y cómo la tecnología ayuda a rentabilizar sus activos

Fernando González-Haba

Fernando González-Haba

Director de la división de servicios en Arbentia

España está atrayendo capital inmobiliario a un ritmo acelerado. Según los últimos datos de Colliers, en el primer semestre de 2026 se transaccionaron 12.487 millones de euros, un 52,5% más que un año antes y, en este fuerte impulso, el capital internacional tuvo un peso muy importante: en algunos de los principales segmentos, como el Living, representó el 53% de la inversión durante ese mismo periodo. Pero lo verdaderamente interesante no es solo cuánto capital está llegando, sino qué espera encontrar cuando llega. El inversor internacional que mira hoy a España ve más allá del inmueble y se pregunta qué puede hacer él.

Hay operaciones recientes que explican muy bien esta transformación. En 2025, Brookfield vendió la plataforma de residencias de estudiantes Livensa Living a Nido Living, propiedad de CPP Investments, por 1.200 millones de euros. Desde 2019, Brookfield había llevado la plataforma de cinco inmuebles a 22 activos y más de 9.000 camas en España y Portugal. Lo que cambió de manos, por tanto, no fue simplemente una colección de edificios: fue una estructura con escala y capacidad de explotación.

Es una diferencia sustancial porque desplaza la gestión al momento mismo de decidir la inversión. Si el retorno previsto depende de reformar un activo, elevar su ocupación, optimizar las rentas, contener los costes o incluso cambiar su uso, esas decisiones no pueden abordarse únicamente después de la compra, sino que ya forman parte del propio plan de negocio con el que se analiza la operación y se determina cuánto sentido tiene pagar por ella.

Y cuanto más depende la rentabilidad de lo que ocurre durante la explotación, más importante resulta poder relacionar variables que tradicionalmente se han gestionado por separado.


La rentabilidad se juega en la gestión

El reto tecnológico aparece cuando esa forma de gestionar tiene que trasladarse al conjunto de una cartera. A medida que crece el número de activos, se vuelve necesario trabajar con criterios comunes para presupuestar, aprobar inversiones, gestionar contratos, imputar costes y medir resultados. Esa homogeneidad permite consolidar la información de la cartera, comparar el comportamiento de los activos y, al mismo tiempo, conservar el detalle necesario para entender qué está explicando el resultado de cada uno.

Esa continuidad empieza incluso antes de firmar un contrato. La comercialización proporciona información sobre demanda, tiempos de colocación, rentas ofertadas y condiciones negociadas que después tiene una lectura financiera. La conexión entre los sistemas CRM y ERP permite conservar ese recorrido cuando la oportunidad comercial se convierte en contrato, facturación y cobro. Así es posible contrastar la renta inicialmente prevista con la finalmente contratada, pero también incorporar el tiempo de vacancia, las posibles carencias o la inversión necesaria para cerrar la operación. Son variables distintas que terminan respondiendo a una misma pregunta: cuánto está aportando realmente esa unidad al resultado del activo.

Una vez firmado, el contrato se convierte además en un calendario de hechos económicos. Revisiones de renta, vencimientos, garantías o gastos repercutibles tienen fechas y condiciones que acabarán afectando a los ingresos o a los costes. Automatizar su ejecución permite que una actualización de renta se aplique cuando corresponde, que un vencimiento active con antelación su renovación o comercialización y que los gastos repercutibles sigan el circuito previsto.

El CAPEX plantea otro nivel de seguimiento. Si una rehabilitación se aprueba para reposicionar un inmueble, elevar su renta o mejorar su ocupación, cerrar el proyecto dentro del presupuesto solo explica una parte del resultado. Hay que observar qué ocurre después: cuánto aumenta la renta, cómo evoluciona la ocupación, cuánto tarda el activo en estabilizarse o qué efecto tiene la actuación sobre sus costes. Relacionar la inversión con esos resultados permite saber qué actuaciones están creando valor y utilizar ese conocimiento en futuras decisiones.


La IA, de la conversación a la gestión

Y sobre todo esto ha irrumpido la inteligencia artificial, probablemente la tecnología que más conversación está generando hoy en el sector. Su aportación más interesante a la gestión de una cartera puede estar precisamente en cambiar la escala del análisis. Si hasta ahora los sistemas permitían llegar desde el resultado agregado hasta el activo, contrato o coste que lo explica, la IA puede ayudar a hacer también el recorrido contrario: revisar grandes volúmenes de información y señalar dónde merece la pena detenerse. Un coste que se comporta de manera anómala, una cláusula contractual que requiere atención, una sucesión de incidencias que empieza a mostrar un patrón o una desviación que se repite en determinados activos pueden identificarse antes de que alguien tenga que encontrarlos revisando la cartera uno a uno.

El mercado, de hecho, está avanzando muy deprisa en esa dirección. El 88% de los inversores consultados por JLL en una encuesta reciente ya estaba probando aplicaciones de IA, con una media de cinco casos de uso simultáneos. Sin embargo, el 60% todavía no dispone de una estrategia tecnológica unificada para sus funciones inmobiliarias y tipos de activos. La paradoja es que estamos empezando a pedir a la IA que analice carteras, detecte riesgos y ayude a tomar decisiones mientras una parte importante del sector todavía está definiendo cómo quiere utilizar la tecnología en su modelo de gestión.

Quizá esa sea también la pregunta que completa la que planteábamos al principio. El inversor internacional ya no mira únicamente un inmueble y se pregunta cuánto puede valer, sino qué puede hacer con él. El paso siguiente es saber, durante toda la vida de la inversión, si realmente está consiguiendo hacerlo. Ahí es donde los sistemas de gestión adquieren una dimensión distinta: permiten comprobar si la ocupación, las rentas, las reformas, los costes y el resto de decisiones que sostenían el plan de negocio están llevando al activo hacia el resultado esperado. Y, si no es así, saberlo cuando todavía queda tiempo para cambiarlo.