La escasez de vivienda responde, en gran medida, a una falta real de oferta, tanto de suelo como de producto finalista. Para corregir este desequilibrio, es clave actuar en tres frentes.
Por un lado, agilizar los procesos urbanísticos, reduciendo los plazos de planeamiento y concesión de licencias. Por otro, aumentar la edificabilidad en zonas con demanda consolidada. Y, por último, flexibilizar la normativa para facilitar tanto nuevos desarrollos como la adaptación del parque existente a distintos usos residenciales.
Sin avances en estas tres palancas, será difícil dar respuesta a una demanda creciente en las principales ciudades.
En ese contexto, el flex living no debería verse como una solución coyuntural, sino como una adaptación a un cambio cultural. Responde a una generación que prioriza el uso sobre la propiedad, pero aún necesita algo más para consolidarse: seguridad jurídica, escalabilidad real y, sobre todo, una narrativa menos defensiva.
La construcción industrializada avanza, pero lo hace con la cautela de quien intenta encajar en un sistema que no fue diseñado para ella. No es tanto un problema de velocidad como de mentalidad. Seguimos valorando lo artesanal en un sector que necesita precisión, repetición y eficiencia. Mientras no asumamos que construir viviendas debería parecerse más a fabricar coches que a levantar catedrales, su adopción será parcial.